
Los que me conocen saben la trascendencia que este libro ha tenido en mi vida. En las vacaciones del año 2003 yo tenía 18 años y ya para entonces era una creyente de la filosofía de vida cronopiana, aunque todavía no lo sabía. Comenzaron a aparecer señales en el camino y yo obedecí mi intuición. Un artículo de Rayuela en una revista. Una película argentina en la que un profesor de literatura les leía a sus alumnos el fragmento inolvidable “cuántas palabras, cuántas nomenclaturas para un mismo desconcierto”. Uno de esos días me fui con mi mamá hasta la librería Keko y me compré una edición de bolsillo de Rayuela, el primer libro de Julio Cortázar que leí.
La lectura fue febril y compartida. La Negra, también la leía simultáneamente y entre las dos hablábamos pestes del mal intenso de Oliveira y su existencialismo. De Pola… por ser Pola, (¿por qué más?) Y así, colgábamos el teléfono y volvíamos a llamar.
La Maga se convirtió para mí en un ideal de felicidad. Una tipa espontánea, a la que no le importaba parecer bruta o superficial a los ojos de otros, enamorada de un patán como para entonces yo habituaba (ya no, ya me dejé de eso), lectora de novelas cursis, con una autenticidad digna de imitar. Simplemente la amé (y la amo).
Rayuela me motivó a tomar varias decisiones locas de mi existencia, hasta ahora. La primera fue animarme a estudiar francés por año y medio, sólo para entender los diálogos de la novela. Ese proyecto también lo compartí con La Negra en diferentes horarios pero también al mismo tiempo.
La otra decisión importante y la razón por la cual este libro fue elegido para este día del reto es que me motivó a hacer uno de los viajes más importantes de mi vida. Dos años después de leer la novela conocí a un argentino en un foro de literatura de una página Web española. Surgió un debate en torno a los libros de Paulo Coehlo y ambos despotricamos contra el señor y su obra. Nos cayó todo el mundo en cayapa y después de eso nos demostramos solidaridad mutua vía correo. 9 meses después me monté en un avión para irme casi un mes a Buenos Aires a casa de una familia desconocida (que después resultó sencillamente encantadora) a encontrarme con un desconocido del que me había enamorado por cartas que viajaban por e mail en dirección Caracas – Baires, ida y vuelta.
Entre tantas cosas maravillosas de esa aventura, Pedro, argentino y devoto de Borges, me llevó a conocer Banfield, la ciudad del gran Buenos Aires donde Cortázar pasó su primera juventud.
Caminamos por sus calles empedradas, comimos pizza de mozzarella en un restaurant que hacía esquina y luego regresamos a la ciudad al Parque Rivadavia a comprar libros en dos dólares. En dos palabras: la felicidad. Regresé a casa de Pedro con los pies hinchados de tanto caminar y con una alegría grande en el corazón.
Ocho años después de leer la novela y después de pensarlo mucho tomé una decisión que significa para mí una declaración de principios definitiva: me tatué una rayuela en la espalda.
Así las cosas, más que un libro que me haya motivado a viajar, Rayuela ha sido un libro que ha motivado varias de las decisiones más valientes de mi vida.