Un lugar para compartir literatura y vida.

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Tuve la dicha de nacer en una casa llena de libros y de tener una mamá con la paciencia y el talento de leer mil veces el mismo cuento con la misma emoción. Tuve un montón de cuentos que ya no son míos sino de mis pequeñas sobrinas (y ojalá algún día regresen a mí para leérselos a mis hijos). Margarita, de Rubén Darío, era uno de mis favoritos. La serie de Sapo y Sepo y,específicamente, Sapo enamorado, me encantaban. Entre todos Julieta estate quieta, fue quizás el cuento más amado de mi niñez.  

Pero el primer libro que creo haber leído en mi vida, con muchas páginas y más texto de lo normal fue el clásico, el único e inimitable: El Principito. Ocurrió cuando estaba en sexto grado y debía leerlo como una tarea del colegio.

Pienso que El Principito es la transición perfecta entre leer libros de niños y libros de gente grande. El contenido era más largo y profundo, pero aún tenía dibujos (¡yei!). Este pequeño e inocente ser, su manera de des-mirar la realidad, sus ilusiones sencillas y esenciales me resultaron (y me siguen resultando) sencillamente fascinantes. Fue el primer libro que leí y el primero que me hizo soltar un par de lagrimitas al final (cosa nada rara en mí, pero igual digna de mencionar).

No creo demasiado en lecturas obligadas, pero El Principito es un regalo que toda persona, pequeña o grande, debe darse a sí mismo en algún momento de la vida. 

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He leído poquísimas biografías y dos de ellas han sido de Mandela. Es un personaje que me resulta sencillamente apasionante e inspirador. Hace poco terminé de leer El legado de Mandela” de Richard Stengel, quien es redactor jefe de la revista Time. Siento especial afición por los textos con tips y bullets. De hecho confieso que mis artículos favoritos comienzan con la frase “10 consejos para”. Este libro resume de forma muy sencilla y breve los aprendizajes que obtuvo el autor del libro mientras trabajó con Mandela en la preparación de otra biografía sobre el líder.

Cada capítulo es una lección coloreada con anécdotas de Mandela, ya sea relatadas por él mismo a Stengel o vividas por el propio autor durante su trabajo con ese viejito bello y adorable que es Mandela y que yo quisiera adoptar como abuelito.

Las lecciones no tienen desperdicio: El coraje no es la ausencia de miedo; sé mesurado; liderar desde el frente y desde atrás; meterse en el papel (y aquí habla acerca de lo importante que es ser pero además parecer lo que uno es);  ten un principio esencial (cambiarán las estrategias pero no los objetivos); piensa bien de los demás; conoce a tu enemigo; ten cerca a tus rivales; saber cuándo decir no; es un juego largo (donde se refiere a que las batallas significativas tienen un largo alcance y requieren grandes esfuerzos); el amor es decisivo; renunciar también es liderar; siempre son ambas cosas (aquí Mandela explica que la mayoría de las veces dos soluciones son correctas aunque sean diferentes); y busca tu propio huerto (una lección maravillosa donde Mandela habla de la importancia de tener un espacio propio, para crear, respirar y estar con uno mismo, para regresar renovado a la realidad).

Ubuntu es uno de los conceptos que más me gustó de este libro y que Mandela comparte como un valor esencial. Dice el autor “En África existe el concepto conocido como Ubuntu, que encierra el profundo sentido de que somos humanos solo a través de la humanidad de otros; de que si conseguimos cualquier cosa en este mundo, se deberá en igual medida al trabajo y a  los logros de otros”. Esta definición invita a desmontar el ego y a darle valor a la influencia que todos los que nos rodean o nos precedieron aportaron a nuestros éxitos.

Así que, invocando a Ubuntu como a un hechizo, agradezco a Stengel y a Mandela sus enseñanzas transportadas a través de este libro. 

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Los que me conocen saben la trascendencia que este libro ha tenido en mi vida. En las vacaciones del año 2003 yo tenía 18 años y ya para entonces era una creyente de la filosofía de vida cronopiana, aunque todavía no lo sabía. Comenzaron a aparecer señales en el camino y yo obedecí mi intuición. Un artículo de Rayuela en una revista. Una película argentina en la que un profesor de literatura les leía a sus alumnos el fragmento inolvidable “cuántas palabras, cuántas nomenclaturas para un mismo desconcierto”. Uno de esos días me fui con mi mamá hasta la librería Keko y me compré una edición de bolsillo de Rayuela, el primer libro de Julio Cortázar que leí.

La lectura fue febril y compartida. La Negra, también la leía simultáneamente y entre las dos hablábamos pestes del mal intenso de Oliveira y su existencialismo. De Pola… por ser Pola, (¿por qué más?) Y así, colgábamos el teléfono y volvíamos a llamar.

La Maga se convirtió para mí en un ideal de felicidad. Una tipa espontánea, a la que no le importaba parecer bruta o superficial a los ojos de otros, enamorada de un patán como para entonces yo habituaba (ya no, ya me dejé de eso), lectora de novelas cursis, con una autenticidad digna de imitar. Simplemente la amé (y la amo).

Rayuela me motivó a tomar varias decisiones locas de mi existencia, hasta ahora. La primera fue animarme a estudiar francés por año y medio, sólo para entender los diálogos de la novela. Ese proyecto también lo compartí con La Negra en diferentes horarios pero también al mismo tiempo.

La otra decisión importante y la razón por la cual este libro fue elegido para este día del reto es que me motivó a hacer uno de los viajes más importantes de mi vida. Dos años después de leer la novela conocí a un argentino en un foro de literatura de una página Web española. Surgió un debate en torno a los libros de Paulo Coehlo y ambos despotricamos contra el señor y su obra. Nos cayó todo el mundo en cayapa y después de eso nos demostramos solidaridad mutua vía correo. 9 meses después me monté en un avión para irme casi un mes a Buenos Aires a casa de una familia desconocida (que después resultó sencillamente encantadora) a encontrarme con un desconocido del que me había enamorado por cartas que viajaban por e mail en dirección Caracas – Baires, ida y vuelta.

Entre tantas cosas maravillosas de esa aventura, Pedro, argentino y devoto de Borges, me llevó a conocer Banfield, la ciudad del gran Buenos Aires donde Cortázar pasó su primera juventud.

Caminamos por sus calles empedradas, comimos pizza de mozzarella en un restaurant que hacía esquina y luego regresamos a la ciudad al Parque Rivadavia a comprar libros en dos dólares. En dos palabras: la felicidad. Regresé a casa de Pedro con los pies hinchados de tanto caminar y con una alegría grande en el corazón.

Ocho años después de leer la novela y después de pensarlo mucho tomé una decisión que significa para mí una declaración de principios definitiva: me tatué una rayuela en la espalda.

Así las cosas, más que un libro que me haya motivado a viajar, Rayuela ha sido un libro que ha motivado varias de las decisiones más valientes de mi vida.

 

 

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Hace un par de años cuando se estrenó “El amor en los tiempos del cólera” sentí una emoción de fan enamorada. Más aún cuando escuché la canción de Shakira que era parte de la banda sonora del filme. Moría por ir al cine a revivir la historia que me dejó pegada a la edición amarilla y prehistórica de Oveja Negra que había del libro en casa y que yo leí de un tirón.  

La adaptación de una de las novelas más románticas de Gabo no pudo haber sido más putrefacta. Mike Newell, quien dirigió la película, puso a los actores a hablar en un inglés tan machucado como ofensivo. Los personajes que escuché alguna vez en mi cabeza hablando con ese cadencioso acento del país hermano, en el cine se escuchaban como actores de telenovela mayamera. Léase actores colombianos como Angie Cepeda, haciendo una película cuyo guión fue adaptado de una novela colombiana de un autor colombianísimo y que hablaban en un inglés peor que el del pana de Open English. Me enfermé de inverosimilitud en el asiento hasta que no lo soporté más. Huí.

El libro, por su parte es una de las más bellas historias de amor que haya vivido a través de la ficción, una excelente recomendación para quienes desean refrescarse el alma, soñar y creer, aunque sea un ratico, en los amores eternos que resisten obstáculos y distancias.  

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Primero vino la película y después, el libro. Fue en esa temporada en que dejé de ver el cine que todo el mundo ve, me metí a intensa y me dediqué a cazar cuanto festival de cine alternativo había por ahí. Como la mayoría de las películas que más me han gustado en la vida, Soldados de Salamina me hizo llorar con el alma en alguna butaca del cine de Centro Plaza. Poco después fui a Buenos Aires y el 10 de octubre de 2004 me compré el libro que dio origen al filme, cuyo autor es el español Javier Cercas.

Soldados de Salamina cuenta la historia de un periodista que investiga la vida de un escritor falangista llamado Rafael Sánchez Mazas que huyó de un fusilamiento durante la guerra civil española y que luego fue encontrado por un soldado enemigo quien, para sorpresa del fugitivo, le perdonó la vida. El móvil de la investigación con la cual este periodista espera escribir un libro es descubrir las razones por las que el soldado le perdonó la vida a Sánchez Mazas.

No recuerdo las pistas que llevaron al investigador al asilo de un pueblito francés donde el soldado, convertido en anciano, pasaba sus últimos días en el mayor anonimato y la mayor soledad. 

El soldado, quien termina siendo el protagonista del relato, representa a todos los héroes desconocidos que pelean por las causas que nos inspiran a todos, o a la mayoría, que entregaron sus ilusiones y los futuros que no vivieron para regalar un presente mejor a otros tantos que nunca conocieron ni conocerían jamás y que tampoco los recordarían, ni tan siquiera sospecharían sus existencias.   

Hoy, retomando la lectura de las últimas páginas, me asaltó nuevamente el mismo espasmo en el pecho (de la película y del libro) cuando volví al último diálogo entre el periodista y el anciano:

“-Bueno -dijo Miralles-. Espero que vuelva pronto.

-Volveré

-¿Puedo pedirle un favor?

-Pida lo que quiera.

Mirando la luz del semáforo dijo:

-Hace muchos años que no abrazo a nadie.

Oí el ruido del bastón de Miralles cayendo a la acera, sentí que sus brazos enormes me estrujaban y que los míos apenas conseguían abarcarle, me sentí muy pequeño y muy frágil, olí a medicinas y a años de encierro y de verdura hervida y sobre todo a viejo, y supe que ése era el olor desdichado de los héroes”.

Sin palabras. Ya estoy llorando otra vez.

 

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Para el paso 8 de este reto pensaba escribir sobre Rayuela que es el propio libro para leer por fragmentos. Pero decidí dejarlo para una entrega posterior que le calza mucho mejor a mi experiencia con esta novela.

Así las cosas, recordé otro libro de Cortázar que releo a veces, cuando me provoca reencontrarme con el oso que va por los caños de la casa, con la imagen del pato cubierto de hormigas en las “Instrucciones para llorar”, o con las gotas en el relato de su aplastamiento.

Estos cuentos brevísimos en la mayoría de los casos ilustran una clasificación humana ideada por Cortázar. Por un lado están los cronopios, esos seres torpes y espontáneos, felices, fuera de molde, honestos, que aman bailar y que cuando cantan, se emocionan tanto que son capaces de dejarse atropellar, de caerse por la ventana o de perder todo lo que llevan en los bolsillos.

Los famas, son metódicos y rigurosos, clasifican y mantienen sus recuerdos en perfecto orden, debidamente señalados y protegidos de todo olvido. La Negra, por ejemplo, arregla su closet por colores y lo único que tiene de cronopio es la puntualidad :D.

Las esperanzas, por su parte son bobas y sin criterio. Se van con cualquiera.

Otras cosas finas de este libro son las instrucciones. Aquí dejo como abreboca las Instrucciones para llorar

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Tendría unos 13 años cuando leí por primera vez Piedra de Mar. Me recuerdo claramente tumbada en el sofá, riéndome, por primera vez en mi vida y para mi sorpresa, de un libro de puras letras y sin dibujos.  

Corcho, su protagonista, sería hoy el propio personaje de Glee: ese perdedor adolescente, tímido y adorable a la vez, enamorado solo, rivalizando en sus fantasías con uno de esos “amigos” que uno se gasta cuando está en el colegio y que te patean el ego, la mayoría de las veces, bastante a propósito.  

Aunque no viví la Sabana Grande que describía el libro (la mía fue más bien el pandemónium de los buhoneros y las ochenta tiendas donde ver los mismos zapatos para terminar comprando en la primera a la que entramos), me identifiqué con el lenguaje coloquial de los personajes, con las groserías conocidas que se decían en mi casa y que esta vez aparecían dichas por los personajes del libro.  

Hoy he recuperado el sabor de esa primera lectura gracias a Méndez Guedez con El libro de Esther (que pareciera un encuentro con Corcho, 20 años después de Piedra de Mar) del que hablaré más adelante en este reto.

Caracas es sin duda una ciudad digna de ser escrita y leída. Su bipolaridad, su Ávila cacheteando el mal humor, y también su carajito atorrante con la versión bachata de Stand by Me a todo gañote saliendo del celular en plena encerrona de metro a las 6pm. Todo eso en el trayecto de regreso a casa. Quizás, Piedra de Mar fue un primer impulso para encontrar valor a esos contrastes. La recuerdo con nostalgia y con cariño. 

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En mi colegio pocas veces nos obligaron a leer obras completas. Generalmente leíamos cuentos, o algunos capítulos del libro de turno. Una estrategia que, pasados los años, me parece acertadísima. Cuando estaba en cuarto año, mi bella e inolvidable profesora de Castellano, Rosy Del Valle, me tomó de la mano y me llevó a pasear a Macondo. Una excursión que me resultó tan singular y cautivadora que, por supuesto, me comí el libro en un par de semanas.

Con los autores suelo ser como con la comida: cuando me gustan, los como todos los días, con el mismo gusto y la misma hambre. Lo de Gabo, al igual que lo de Cortázar, fue un antojo de meses. Desde Cien años de soledad me leí cuanto libro de García Márquez encontré en mi biblioteca. Eran muchos, pues en algún momento mi papá compró a dos lochas la obra completa publicada hasta el momento por el colombiano. Así las cosas, prácticamente los últimos dos años del bachillearato me los pasé leyendo a este señor que sigue siendo uno de mis más queridos amigos imaginarios de la adolescencia.

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Uno de los pocos de Cortázar que no había encontrado y que gracias a Kenito llegó a mí el pasado 18 de julio. Los autonautas de la cosmopista es un libro escrito a cuatro manos por Julio Cortázar y su esposa Carol Dunlop. Se trata de la bitácora de un viaje singular que emprendió la pareja a la autopista que conecta a París con Marsella. Subidos a un camioncito tipo casa rodante full equipado y bautizado Fafner, en honor al dragón famoso.

La regla del juego (porque, por supuesto, este viaje de gran importancia para la pareja, fundamenta sus bases en la dinámica de un juego inventado por ambos) es visitar dos paraderos al día de los que se encuentran a lo largo de la autopista.

El libro contiene fotos, mapas, detalles de lo que comían y lo que hacían en el día. Algunas páginas están escritas por Cortázar y otras por Carol. No lo he terminado aún, pero es sin duda el libro de viajes más extraño y divertido que se me ha atravesado.

Mi amor infinito por Cortázar hace que me enternezca con todas las fotos del monstruoso cronopio a lo largo del libro. Cuando lo termine les compartiré citas y apreciaciones.

Aprovecho el espacio para dar gracias a Kenito por encontrar un ejemplar para mí :D 

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Me dormí en la primera película y en la primera página el libro. Simplemente no lo soporto. Nunca me enganchó y creo que jamás lo hará. Fin del comunicado.

PD: claro, esto es un poco trampa porque este libro no lo leí. Pero ya he dicho que no me obligo a leer libros que no me gustan. Así que este tendrá que ser el número 4 del reto #30libros.